Se trata de una enfermedad mental crónica que afecta a
los mecanismos que regulan el estado de ánimo.
El
trastorno bipolar es una enfermedad mental crónica que afecta a los mecanismos
que regulan el estado de ánimo, de modo que las personas que lo sufren alternan
episodios de euforia (manía) con otros de depresión.
Para
controlar los altibajos se necesita tratamiento farmacológico, aunque el
paciente también se puede beneficiar de un abordaje psicoterapéutico de forma
complementaria.
El
origen es biológico y genético. Las personas que padecen trastorno bipolar
sufren un mal funcionamiento del sistema límbico, lo que repercute en el estado
de ánimo, con alteraciones bruscas sin que medie necesariamente ningún problema
personal, laboral, familiar o social. Los períodos de sentirse triste o
deprimido pueden alternar con períodos de sentirse muy feliz y activo o
malhumorado e irritable.
Esta
enfermedad, que suele debutar entre los 15 y los 25 años, afecta por igual a
hombres y mujeres. La causa exacta se desconoce, pero se presenta con mayor
frecuencia en parientes de personas que padecen dicho trastorno.
En
la mayoría de las personas con trastorno bipolar, no hay una causa clara para
los períodos de extrema felicidad y mucha actividad o energía (manías) o de
depresión y baja actividad o energía (depresión).
La
fase maníaca puede incluir los siguientes síntomas: disminución de la necesidad
de dormir, aumento de la energía, irritabilidad, hiperactividad, aumento de la
sociabilidad, aumento del gasto económico (en actividades innecesarias),
euforia, jovialidad, locuacidad, aumento de la velocidad del pensamiento,
aumento del impulso sexual, descuido de su aspecto físico, vestimenta
extravagante o llamativa, incapacidad para permanecer quieto, suele imaginar
nuevos proyectos (generalmente grandiosos y absurdos) y, en los casos más
graves, pueden presentar síntomas psicóticos (delirios y/o alucinaciones).
En
la fase depresiva pueden aparecen síntomas como: tristeza o estado de ánimo
deprimido, problemas para concentrarse, recordar o tomar decisiones; falta de
apetito y pérdida de peso o consumo exagerado de alimentos y aumento de peso;
fatiga o desgana; sentimientos de desesperanza o culpa; pérdida del placer de
realizar actividades que alguna vez disfrutaba, pérdida de la autoestima,
pensamientos de muerte o suicidio, dificultad para conciliar el sueño o dormir
demasiado; y alejarse de los amigos o las actividades que alguna vez
disfrutaba.
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